Crónica de un viaje a Berlín (I)

El avión apaga motores en Schönefeld. Estamos en la capital alemana. El taxi nos recibe con un elocuente Sorry a voz de Justin Bieber. El apartamento, vecino de la Estación Central o  Berlin Hauptbahnhof, luce en sus paredes el ya mítico cuadro de Audrey Hepburn que con el que Ikea condecora a sus clientes amantes del pop art. Chaplin saluda también desde un lienzo gemelo. ¿De verdad estoy en otro país? Un aterrizaje en el aeropuerto de Barajas hubiese respondido a una descripción bastante semejante.

Por la mañana, ponemos rumbo al epicentro urbano: la Puerta de Brandemburgo. La sencillez de las fachadas de los edificios que la rodean nos recuerda la importancia del enclave ante el que nos encontramos. Sus seis columnas totalmente reconstruidas tras la masacre de la II Guerra Mundial nos reciben para entrar en la Plaza de Paris. Muy cerca de allí se encuentra el Monumento a los judíos asesinados de Europa. Decenas de bloques de hormigón, todos distintos entre sí, consiguen trasladarnos a un período de la historia de Alemania tan oscuro como laberíntico. Bajo el suelo irregular sobre el que emergen los rectángulos grises, se encuentra el museo. El recuerdo se convierte ahora en cartas de despedida y diarios de los condenados. “I’m hugging you, in tears”, una madre se despide de su hija en tinta, esa que ahora nutre las conciencias de los visitantes.

A cada paso que damos confirmamos un pensamiento que acaba por volverse constante: Berlín es rotundamente historia. El  aprendizaje de su pasado lo hace simplemente irrepetible. Entre nubes y temperaturas  que desafían el mercurio de los termómetros llegamos a una explanada de arena, rodeada de edificios que llaman la atención por austeros. El guía nos informa de que bajo nuestros pies se encuentran los restos del búnker donde Adolf Hitler se quitó la vida tras la derrota bélica. Apenas un cartel atrincherado en una esquina avisa de la existencia del histórico lugar. La ignorancia es en la ciudad la manera de enterrar los fantasmas del dictador.

Los memoriales a las personas fallecidas en el período en el que el nacional-socialismo ocupó el poder se suceden en las calles de la capital. Y así, en el antiguo barrio judío emerge la otra cara de la moneda. Una ciudad viva que lo muestra en sucesivas obras de arte urbana. Las paredes de los edificios hablan. Mires donde mires, los artistas callejeros han dejado su huella. Reivindicación o belleza rigen las creaciones que nos vamos topando en nuestro paseo por “la Malasaña berlinesa”. La palabra libertad abandera ahora las calles de este lugar.

El sol, escondido durante el día, cae. Toca deambular por Friedrichschain. Siucide Circus nos abre sus puertas. Tecno y buen precio se convierten en el tándem ganador de la noche. Ropero barato: comienza la operación cebolla. La ausencia de ley antitabaco impregna el lugar de cierto tenebrismo, pero conseguimos respirar por el espacio de seguridad que mantiene la gente que lo da todo en la pista de baile. Los codazos y empujones más que previsibles, desaparecen. Entre salto y salto, decidimos que es hora de irnos; primera noche: superada con éxito.

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